Doiras y su angustioso paisaje
(Cifras y "talante" del salto, o el Navia cazado otra vez)
Carlos Luis Álvarez
[ABC, Sevilla, 27 de febrero de 1959]

DOIRAS. (Crónica, de nuestro redactor, enviado especial.) Doiras pertenece al Ayuntamiento de Boal y queda a unos treinta y cuatro kilómetros de la villa de Navia. Desde Grandas de Salime hasta allí la carretera "perpetra" una serie infinita de audacias funambulescas a través de un paisaje dulce y feroz que nos pone en los ojos el temblor de su verde milagro. Camino bravucón y apretado coma un dios nos libre, lleva, sin otra condición que seguirlo, hasta San Esteban de los Buitres. Mire, señor: este pueblo no es para contar, que es para verlo. Está en el fondo de un valle y el nombre le viene de que esas terribles y serenas aves navegan aquel aire cristalino al acecho de res despeñada o pastor dormido, que todo hay que decirlo. Tiene San Esteban de los Buitres todo el místico perfume de la manzana ásperiega, y sus habitantes cultivan la flor y oyen la B.B.C. sin presunciones de gente enterada. Había que pararse, y nos paramos. Luego seguimos y a poco no despanzurramos a un perro. Era perro flaco, que no parecía más sino que le bubiesen chupado brujas, y miraba de través y por lo bajo. Tengo para mí que no era perro fiel sino perro hugonote. Y sin mas novedad llegamos a Doiras. El Navia, ya repuesto de la jugarreta que le hicieron los ingenieros en Orandas de Salime, viene alegre, titubeante y náufrago como borracho de ley, sin pensar que aquí van a cazarlo al rececho, igual que a pajarito bobo. ¡Toma, y que lo cazan! En toda la linea y entrándole por derecho. ¡Y mire que es río viejo y sabihondo! La altura del salto varía entre los veintisiete metros y medio y los setenta y cinco, que es el desnivel recorrido más frecuentemente por el agua. Pero al cronista lo que verdaderamente le extraña es la manera de hacer estas obras. No se puede quitar el río, hacer el embalse y luego poner otra vez el rió. Hay que hacerlo todo con el río puesto, y ahí está la madre del cordero. Si acaso, se le desvía, pero desviar el cursó de un río es casi como desviar el curso de la historia, y ésto no lo hace cualquiera, según tenemos entendido.

La desviación del Navia por estos benditos parajes empezaron a hacerla en el verano de 1929 y el hormigonado de la presa, en el 31. Las obras concluyeron en 1934. El Navia discurre entre rampas angustiosas, por simas y estrechamientos que a veces llegan al borde de la angina. Era difícil hacer carrera de él, pero se hizo, y el cronista supone que con un esfuerzo y un valor dignos de que se proclame, si puede ser a los cuatro vientos. Las ataguías, por ejemplo, que son los diques previos a la obra fundamental y que sirven para atajar al tío, fueren cimentadas sobre una masa de acarreos con un espesor máximo de quince metros. Después se consolidaron mediante inyecciones de cemento, y ahí tienen ustedes al Navia sin saber qué partido tomar. En total, el volumen de hormigón empleado en la presa es de 213.000 metros cúbicos, pero lo grande es que para traerlo hubo que hacer carreteras, planos horizontales dónde no babía más que roca y aspereza. Ahora va un detalle, y que sirva de principio o axioma: hierba que los ingenieros arrancan, hierba que reponen. Y esto lo sabe el cronista porque, entre otras cosas, los viajes ilustran. Una de las preocupaciones en Doiras era la de reponer unos cuantos metros cuadrados de pradera, desollados durante obras recientes, Además, como decía el otro, en alguna parte han de poner el pie y la grúa. Las cosas son "ansí", y la electricidad tiene sus exigencias.

Mirando por aquí y por el otro lado, llegó la hora de comer. Allí mismo comimos, en Doiras. Tienen a gala aquellos ingenieros, y se comprende, poseer una cocinera taumaturgo. El cronista no la vió, pero ya se sabe qué a los cocineros como a los profetas, por sus frutos los conoceréis. ¡Para qué les voy a contar! El arte culinario tiene en Asturias auténticos virtuosos, que con el arte de la relojería, del que diremos luego algún decir, son dos rasgos muy peculiares del Principado. Pero vamos a dejar el tema, que así, a media mañana, es peligjoso de suyo.

El aliviadero del salto está en la margen derecha del río. Hubo de excavarse profundamente en la ladera del monte, que arranca desde allí mismo y crea espacios asfixiantes. Está provista de dos alzas automáticas de sector flotante, y tienen ambas siete metros de altura por veintiocho de ancho. La capacidad es de dos mil metros cúbicos por segundo y la longitud del canal de descarga es de 358 metros y una anchura de veinte. Claro que dicho así parece que no. Pero luego empieza uno a ver el laberíntico problema de hierro, de cemento y de agua que lleva sobre sí la huella profunda del ingenio, y entonces cambia uno de opinión. Se trata de esto: dado un paisaje y un río, hacer la presa y originar el salto. La incógnita es siempre el paisaje. Y en un paisaje alucinante como éste es ardua tarea el simple hecho de andar. Así que figúrense lo que será hacer un embalse sin herir la forma del paisaje.

Visita a la central, muy aparente con su enorme vidriera policroma y sus tres turbinas relucientes en cámara espiral de acero, que giran y giran a 250 revoluciones por minuto -¡qué lección para los conculcadores que sé lo piensan demasiado!—, y otra vez en marcha, sobre la constante curva de la carretera.

Queda atrás Navia, con su estatua de Campoamor, y pasamos por Luarca, hermosa. Y aquí Viene lo de la relojería. La tradición arranca del año 1576, año de furiosa peste en la comarca de todo lo cual hay documentos firmados. El espíritu científico y cronométrico de los luarqueses floreció en nombres como el de Pachín del Campo y el maestro Domingo, muy ilustres y afamados, que extendieron la afición por toda la provincia. Y más adelante tenemos a Víctor Remior, hijo, mago además de la mecánica y cerrajería, que hizo realidad el sueño dorado del padre Manuel del Rio, que se pasó la vida intentando inventar un despertador que llevase a la cama la jícara de chocolate. Víctor Remior hizo locuras, y así consta en el erudito y ameno libro de don Fernando Landeira de Compostela, titulado "Theatro chronométrico del noroeste español".

Pero también Luarca queda atrás, y es noche cerrada cuando entramos en Oviedo algo así como medio muerto.


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(Generado mediante OCR. Disculpad los errores tipográficos)
Saludos
José Luís
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