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Tema: Extrabajadores del Cenajo rechazan la presa esconda cadáveres de algunos presos

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    Predeterminado Extrabajadores del Cenajo rechazan la presa esconda cadáveres de algunos presos

    http://www.laverdad.es/murcia/201603...313080843.html

    «Jamás habríamos abandonado aquí a un compañero»

    Extrabajadores del Cenajo rechazan que el hormigón del embalse esconda los cadáveres de algunos presos: «Yo mismo hacía las cajas de pino para enterrarles», relata un carpintero

    La novela autobiográfica de un preso del Cenajo recoge cómo quedaban sepultados los obreros en el hormigón: «Aparte del libro, no hay más documentos que lo certifique», admite el historiador Antonio Martínez Ovejero


    Daniel Vidal | Murcia 20 marzo 2016 07:35

    El gigante de piedra no intimida. Actúa como un inmenso Frankenstein que no achanta a sus creadores. Más bien al contrario. Juan Sánchez Moya (Águilas, 1937) sonríe, se emociona, alzando la vista por encima de los 84 metros de altura de la corona de la presa. «Nosotros participamos en esto», recuerda. Hay una notable sensación de orgullo que se mezcla con el ambiente gélido de la sierra, cargado de humedad por la frenética actividad matinal del desagüe de toma intermedia de la presa, que no para de descargar. Juan y su hermano Paco (Létur, Albacete, 1942) se criaron aquí mientras su padre, electricista, se encargaba de controlar el compresor que daba luz a toda la obra. Más tarde, Juan se inició en el arte del pico y la pala como bracero -o pinche, según la hoja de servicios-, Paco echó una mano a la familia que llevaba el Economato y después acabaron realizando labores de topografía. «Si había que ir al túnel a las tres de la mañana, se iba». Ambos recuerdan con precisión el número que les asignaron cuando pasaron a formar parte del cuerpo de currantes. Juan tenía «el 2227». Paco, «el 6295». Su padre, Felipe Sánchez, «el 33». Uno de los primeros obreros del embalse. En total, los Sánchez Moya vivieron y trabajaron en El Cenajo durante 15 años. Juan, de hecho, también conoció aquí a su mujer: «Una preciosidad», suspira.

    Un tiempo en el que «nunca» vieron que el hormigón de la presa se tragara ningún cadáver; en el que nunca dejaron a un solo preso «abandonado» a su suerte. Lustros de vida construyendo este coloso en los que jamás escucharon que al embalse se le llamara 'la tumba' por los muertos que supuestamente alberga su interior. Una afirmación que retumbó el domingo pasado a través del programa 'Salvados' y que hizo que a más de uno se le atragantara la cena.

    Los hermanos Luján -Valentín (Murcia, 1934) y Antonio (Murcia, 1938)- eran los hijos del carpintero y al final entraron al tajo de su padre cobrando un salario de 21 pesetas a la semana: «Las luchas que tenía yo con mi madre para quedarme con una 'perra' para mí...», echa la vista atrás el propio Antonio Luján, al que los compañeros apodaban 'el tarambana': «Salió precoz», ríe Paco. «Me lié con la criada que servía en casa del médico. ¡Si ese muro de allí hablara!», señala el menor de los Luján mientras pasea por sus años mozos en la puerta del sanatorio, cerca de lo que antiguamente eran los talleres y la Casa de la Administración, hoy reconvertida en el hotel EcoCenajo. Aunque no todos sus pasos por esta tierra le traen buenos recuerdos. Con 17 años, manipulando cera hirviendo, se quemó «de cintura para arriba». Su cuerpo, sus manos, aún muestran las secuelas de aquel funesto día. «Tardé un año y 13 días en recuperarme», afina con las fechas. La memoria luce clara en estos cuatro extrabajadores de la presa, que aseguran que los accidentes eran habituales en una época en la que las medidas de seguridad y la prevención de riesgos laborales viajaban en el furgón de cola del progreso económico. Muchos cascos, pero nada de arneses ni estribos: «Yo no sé cómo nos subíamos allí. ¡Qué vértigo!», se sorprende Juan Sánchez.

    Los accidentes, claro, suponían muertes entre los más de 7.700 obreros que contribuyeron a levantar el embalse. Una obra faraónica -y más que necesaria- para la época, cuya construcción duró más de 14 años y en la que se emplearon 450 millones, frente a los 62 presupuestados inicialmente. Entre esos más de 7.700 trabajadores que pasaron por el pantano, también hubo un buen número de presos -354, según el ingeniero jubilado de la Confederación Hidrográfica del Segura (CHS), Manuel Mirón- que el régimen de Franco empleó como mano de obra. Oficialmente, en el Cenajo solo murieron tres trabajadores libres, que cayeron «desde una altura de 76 metros», según la noticia que recogió 'Abc' el 14 de enero de 1954. Así consta también en la pormenorizada tesis realizada por el investigador murciano Víctor Peñalver: 'Trabajos forzados en la construcción del pantano del Cenajo. Una modalidad represiva'.

    Hubiera sido un milagro que, en una obra como esta, prueba del músculo del Régimen, solo hubieran muerto tres obreros. Según el Anuario Estadístico Nacional, los fallecidos por accidente en el sector de la construcción fueron 132 en 1951, cifra que se elevó hasta los 230 en 1958. Y eso que las estadísticas oficiales eran bien reticentes a mostrar las cifras reales. Por ejemplo, «en el Valle de los Caídos se reconocen únicamente entre 14 y 16 muertes por accidente laboral en los casi 20 años de construcción del monumento», observa el doctor en Historia y exsenador del PSOE por Murcia, Antonio Martínez Ovejero. «No, no, aquí murieron más de tres», certifican los cuatro extrabajadores. «Al menos diez», calcula Juan. «Yo creo que más de diez», rebate Valentín Luján. «Los dos de la cantera; el que estaba en el silo, cuando reventó por el hormigón... ¿era de Sangonera?; otro que se cayó al pozo... 'el Pepito'; el hombre aquel que se colgó...».

    «Eran nuestros compañeros»


    El rictus en los rostros y en la conversación ha cambiado. Los recuerdos de juventud, de los primeros sueldos ganados con el sudor de la frente y las manos encalladas y los primeros bailes lentos con las mozas; de la escucha furtiva de los mensajes de Santiago Carrillo y Dolores Ibárruri en Radio Pirenaica, bajo una manta, «para que no nos oyera nadie en el poblado, y menos los guardias civiles»; de los domingos de beber cuerva y comer garbanzos y aceitunas..., se han tornado en cierta amargura por la presencia en la charla de los compañeros caídos. «Puede que entre ellos hubiera algún preso. Creo que uno, al menos», observa Juan. «Eran nuestros compañeros, compartíamos con ellos el trabajo y los momentos que no eran trabajo. El portero del equipo de fútbol de los presos jugó con nosotros. Y muchos de ellos llegaron a casarse con mujeres del poblado, incluso con las hijas de algunos responsables», detalla Juan Sánchez.

    - ¿No eran los presos los que asumían las tareas más arriesgadas, como colocar la dinamita?

    - Eso es mentira. Para manejar la dinamita se necesitaba una licencia. Los obreros presos, en su mayoría, estaban en la cantera y llevando las vagonetas. Hacían los mismos trabajos que el resto, por lo general.

    No hay ningún documento que certifique que en la construcción del Cenajo murieron presos, a pesar de la dureza de las condiciones de trabajo. Víctor Peñalver, en su investigación, asegura que «cuando la víctima era un recluso, la noticia no llegaba a los medios; ni siquiera aparece en la amplia documentación consultada. Tan solo aparece en qué día el recluso se daba de baja del Destacamento Penal del Cenajo, sin especificar si era por extinción de condena, traslado penitenciario, fallecimiento...». Tampoco pudo averiguar Peñalver en su estudio «cuántos de esos presos lo eran por motivos políticos», aunque Antonio Luján se muestra muy seguro en la historia que cuenta sobre su familia: «Aquí no traían presos políticos».

    Sin embargo, y según dejó escrito en su día el expresidente de la CHS José Salvador Fuentes Zorita, «para hacer realidad aquellas presas (Camarillas y el Cenajo) fue necesario el trabajo de mucha gente dirigida por unos técnicos magníficos, pero entre esa gente hubo un sinnúmero de compatriotas condenados, como esclavos, a trabajos forzados por el delito de haber permanecido fieles a la Constitución Española de 1931».

    Lo que sí resalta Víctor Peñalver en su investigación es que «en la memoria colectiva de aquellos cercanos al lugar sí existen evidencias de la muerte de reos en el Cenajo. Todos los testimonios repiten los mismos patrones. Lo más impactante de lo narrado por estas gentes (de los que no se aportan nombres) es que en la presa existen cadáveres sepultados por el cemento, ya sea porque éste les caía encima mientras trabajaban en la presa, o bien porque ahí tiraban a los que morían como consecuencia de ser capturados mientras intentaban fugarse. Es cierto -continúa Peñalver- que estos testimonios no especifican quiénes, cuántos o en qué fecha se produjeron tales atrocidades».

    De hecho, Peñalver extrae en su estudio varios pasajes de 'Raíces amargas', la novela autobiográfica de José Vicente Ortuño, anarquista manchego que cumplió pena en el Cenajo durante un año y después se exilió a Francia. En su libro, Ortuño escribe: «Para que quede bien apretado, el hormigón se lanza al encofrado desde gran altura. Los obreros están alrededor. Si una colada no cae bien, la reciben ellos. El hormigón, como un proyectil mortífero, hiere, a veces mata, y con frecuencia los precipita en la colada. Quedé colgado de un borde. Éramos varios. No se pudo hacer nada por dos de ellos, estaba claro. Desde aquella noche, varias toneladas de hormigón tapaban a dos hombres. En adelante, ya no volví a decir la presa sino, como todos, 'la tumba'».

    También se puede leer en 'Raíces amargas' sobre las consecuencias que tenían los intentos de fuga: «Por la mañana, en la plaza, los cadáveres mutilados por las balas y las dentelladas de los perros (utilizados por la Guardia Civil del Destacamento) le dieron la razón a mi compañero. Todos los prisioneros tuvieron que desfilar ante los cuerpos, sobre los que empezaban a revolotear las moscas verdes. Por la tarde, un equipo los tiró a la caja de un tractor y los llevó al muro. [...] La tumba estaba siempre abierta».

    Este apodo, el de 'la tumba', llegó el pasado domingo a los televisores de los Sánchez Moya, los Luján y otros tres millones y pico de espectadores que vieron el último 'Salvados', en el que Jordi Évole investigaba sobre los 'esclavos españoles del franquismo'. Fue el doctor en Historia y exsenador del PSOE por Murcia Antonio Martínez Ovejero quien, a preguntas de Évole, se refirió al Cenajo como 'la tumba', citando la obra de Ortuño. Y a Juan Sánchez se le comenzaron a llevar los demonios. Y a su hermano Paco, y a Vicente, y a Antonio... «Es la primera vez en mi vida que escucho que a la presa se le llame 'la tumba'», zanja el mayor de los Sánchez, «socialista de toda la vida», se autodefine, y que convivió con el régimen de Franco «por obligación».

    Juan, como sus compañeros, se muestra «indignado» ante tan «nauseabunda» afirmación. «¿Cree usted que habríamos dejado aquí a un compañero, por mucho que fuera preso, si vemos que le cae el hormigón encima? ¡Hombre, por favor! Jamás habríamos abandonado a nadie aquí». Afirmar lo contrario, asegura, «es ofender nuestra dignidad como trabajadores», zanja. «Además, no habría podido vivir todos estos años con esa terrible carga».

    - Quizá en aquel momento fuera imposible hacer algo por ellos...

    - Que no, hombre. Aquí nos ayudábamos todos. Quien diga eso es que no sabe, no entiende. Y por cierto, los guardias civiles no tenían perros.

    Valentín Luján, casi diez años en el Cenajo, número de currante 1308, recuerda que en la carpintería de su padre se fabricaban y pulían «las cajas de pino gallego para enterrar a los muertos. Yo mismo las hacía». Él tampoco cree que haya un solo hueso humano bajo el hormigón de la presa, ni tampoco fosas comunes en el lugar, e incluso se muestra sarcástico: «Mira, entre esa piedra y esa otra hay una pierna, ¿la ves?».

    «Cierta prevención»


    «Será difícil corroborar la presencia de cadáveres sepultados bajo el cemento de la presa», concluye su investigación Víctor Peñalver. «Aparte del testimonio de José Vicente Ortuño, no hay ni un solo documento más que certifique este extremo», reconoce Antonio Martínez Ovejero. Manuel Mirón va más allá: «Trabajo con fuentes documentales. También con testimonios de personas que estuvieran presentes en los hechos relatados. La transmisión oral sucesiva, incluso escrita, hay que tomarla con cierta prevención porque es posible que se vaya sesgando en función de intereses personales, muy comprensible si se vieron afectados por esos hechos, pero que no deben desvirtuar la verdadera historia».

    Y para Juan, Paco, Valentín y Antonio, que entre todos acumulan casi medio siglo de tajo en el Cenajo, la verdadera historia es la que ellos cuentan, la que ellos vivieron. Esa misma en la que no hay 'tumba' alguna, en la que el paludismo hizo estragos entre los presos y los no presos (el propio Paco Sánchez Moya sufrió la enfermedad) y en la que habitaba «un jefe de Prisiones, don Manuel (Vivero López), que era grande y gordo, con una boca enorme, que mandaba echar a los presos del bar para que no hubiera ninguno cuando estuviera él», rememora Valentín Luján. El mismo jefe de Prisiones que, en el año 1955, fue suspendido un mes de empleo y sueldo por apropiarse de parte del dinero de las cartillas de los presos. No estaría mal preguntarle a él por esa supuesta 'tumba'... si aún viviera.

    La diputada del PSOE en la Asamblea Isabel Casalduero, propuso esta semana una moción para que se reconozca, con una placa en el Cenajo, «la memoria de los presos que trabajaron y murieron en el embalse». Ahora solo hay una cruz que recuerda a los tres trabajadores muertos . «No se sabe cuántos presos murieron, solo me hago eco de los estudios existentes, pero creo que es una cuestión de justicia no seguir contribuyendo al olvido», asegura.

    Habría una manera, según apunta Víctor Peñalver, de intentar conocer una verdad que siempre salta entre vencedores y vencidos, entre derechas e izquierdas, una verdad que nunca parece tener padre: «Un futuro grupo de trabajo interdisciplinar, con la presencia de la ciencia arqueológica, podría despejar estas incógnitas». Saber definitivamente, con los pertinentes estudios, si el Cenajo es o no es una tumba. ¿Lo apoyarían los extrabajadores para terminar con lo que ellos consideran una leyenda negra en torno al embalse? «No», sentencian al unísono. «No iba a servir para nada».
    PARQUE NACIONAL DE LOS OJOS DEL GUADIANA Y DE LAS TABLAS DE DAIMIEL ¡¡YA!!

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    nando (14-may-2017)

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