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Tema: Aislados en medio de la nada

  1. #81
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    Predeterminado El Faro Cayo Cruz del Padre en Cuba



    Está situado sobre la costa de la provincia de Matanzas. También se lo llama Faro Hernán Cortés y que fue construido en 1862. Es un faro que no está abandonado sino que sigue funcionando y su luz alcanza unos 25 metros teniendo un flash blanco cada 7 segundos. Mide 15 metros de alto y es de concreto y forma cilíndrica. El faro está adosado a la casa del cuidador, de un solo piso, y lo que queda de la linterna original está en la vieja torre. Hay un fuerte muro de concreto que rodea la estación y la protege del embate del mar.

    El faro fue reforzado con la torre-esqueleto de hormigón en 1982 y su luz marca el punto más al norte de Cuba, advirtiendo a todos los marineros de los numerosos cayos que están sobre la costa norte de Matanzas. Solo puede llegarse en bote.

    Fuente: https://www.absolutviajes.com/el-far...a-de-matanzas/
    "Cuando el mundo esté preparado y una nueva vida renazca, gozarán de mis actuales descubrimientos"
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    F. Lázaro (13-jun-2017),HUESITO (02-jun-2017),Los terrines (02-jun-2017)

  3. #82
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    Predeterminado

    Su luz solo alcanza 25 metros??
    Que le pongan una linterna de petaca
    Saludos.
    Francisco

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    Jonasino (02-jun-2017)

  5. #83
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    Predeterminado

    Cita Iniciado por HUESITO Ver Mensaje
    Su luz solo alcanza 25 metros??
    Que le pongan una linterna de petaca
    Saludos.
    Muy bueno eso, HUESITO. Me imagino que serán km.
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    HUESITO (03-jun-2017)

  7. #84
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    Predeterminado

    Con 15 metros de alto es imposible que alcance 25 km.
    Pudiera ser 25 metros de alto y 15 km de alcance.
    En mitad del mar/Murcia
    Junto a la arena/Cataluña


    El inconformismo es la base del conocimiento científico.

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    F. Lázaro (13-jun-2017),HUESITO (03-jun-2017),Los terrines (03-jun-2017)

  9. #85
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    Predeterminado

    Cita Iniciado por perdiguera Ver Mensaje
    Con 15 metros de alto es imposible que alcance 25 km.
    Pudiera ser 25 metros de alto y 15 km de alcance.
    Tienes toda la razon
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  10. #86
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    Predeterminado Galicia, de faro en faro

    En la edición digital de El Mundo de hoy teneis un buen recorrido de faros gallegos con fotos.

    Ver http://www.elmundo.es/album/viajes/e...4658b457b.html
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    HUESITO (16-jun-2017),Los terrines (16-jun-2017)

  12. #87
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    Predeterminado Y "El Pais" para no ser menos tambien tuvo su articulo sobre faros españoles

    "Cuando el mundo esté preparado y una nueva vida renazca, gozarán de mis actuales descubrimientos"
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  13. #88
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    Predeterminado Los fareros que se resisten al desahucio: Cabo de Palos


    "Me saqué la oposición para vivir frente al mar"
    Los torreros del faro de Cabo de Palos (Cartagena) se rebelan contra la decisión del Congreso de convertirlo en un hotel. Es el primer faro habitado que se quiere privatizar

    10.07.2017 – 05:00 H. - Actualizado: 2 H.

    El lugar es imponente. Una torre de piedra de 51 metros de altura que domina La Manga del Mar Menor y hacia el sur la costa hacia Cartagena. El faro de Cabo de Palos es lugar de peregrinación de turistas que pasean alrededor de la instalación, construida en 1865. Pero desde que el pasado 28 de junio el Congreso aprobó una moción para convertirlo en un hotel, el faro es además escenario de otra batalla: los cuatro fareros que viven allí se han rebelado contra su posible desahucio. La pugna trasciende Cabo de Palos. Los fareros, un cuerpo oficialmente "a extinguir", ven cómo el negocio se cierne sobre los enclaves en los que han trabajado décadas. Pero no lo van a poner fácil.

    El pasado 28 de junio, el diputado popular por Murcia Teodoro García Egea defendió en la comisión de Fomento la idoneidad de dar un uso privado al faro. "Con los avances de las nuevas tecnologías en la navegación marítima, la mayoría de los faros han perdido su función principal, muchos de ellos lamentablemente están abandonados y algunos necesitan una reforma inminente para evitar daños irreparables. Por eso el Grupo Parlamentario Popular opina y propone que para conservarlos, para cuidarlos, para abrirlos a la gente, qué mejor que permitir su uso como infraestructura turística o científica", declaró el diputado: "Se están abriendo a la gente, que diría Podemos", ironizó.

    El diputado se apoya en una iniciativa de Puertos del Estado de 2012 para dar uso turístico a los faros —que seguía a una modificación legal de 2010 con el PSOE que abría la puerta—. En plena crisis, sacar dinero de los faros de Puertos se vio como buena idea, aunque no ha sido hasta ahora cuando se ha llevado a cabo: en marzo abrió un hotel en el faro de Isla Pancha en Ribadeo (Galicia), aunque meses después el ayuntamiento lo clausuró. Hay iniciativas similares en Tenerife y El Hierro, pero ninguno de esos estaba habitado.

    Las palabras de García Egea aún retumban en el faro de Cabo de Palos. En la sala desde la que se controlan los faros de toda la Región de Murcia, Javier Argul y Jesús Álvarez, dos de los cuatro fareros, responden indignados. "Desde aquí controlamos ocho faros y las balizas del puerto de Cartagena. Dicen que los faros no tienen uso, pero en el mar cada vez hay más luces y la señalización marítima es cada vez más importante. Se está vendiendo que aquí no se hace nada cuando no es así", responde Argul, nacido en San Sebastián hace 53 años y que lleva 27 de farero en Cabo de Palos. El faro no es solo la luz que orienta y posiciona a los barcos y pateras, sino desde allí se manejan otros instrumentos: hay una antena de GPS diferencial, que corrige el error de todos los GPS y lo deja en centímetros, señales de radar y radiofaros.

    Álvarez asiente. Él lleva 31 años allí y destaca que con todos los faros que hay deshabitados, el Congreso ha elegido en el que viven cuatro familias para instalar un hotel. Señalan que sacarlos del faro, incluso si les dan otra casa, es un cambio radical. "Cuando no había colegios ni banco ni médicos, vivíamos aquí y nadie lo quería. Cuando éramos funcionarios del MOPU, vivir aquí era una obligación. El farero tenía que encender el faro manualmente media hora antes del ocaso y apagarlo media hora antes del otro", recuerdan. Uno de los fareros, José Luis Gandolfo, nació incluso en el faro. Ahora viven cuatro familias. Y al ver los sofás y la mesa que tienen en la terraza, uno se imagina perfectamente el atractivo que tendría el hotel. Por la ventana entra el rumor de las olas y hasta el horizonte todo es el azul del mar. Con todo el cemento que hay alrededor esto es un lujo.

    El cuerpo de fareros fue traspasado a los puertos en 1993 y oficialmente está llamado a desaparecer

    La de farero era una profesión que se heredaba a menudo por familia. Aunque no es el caso de Argul y Álvarez. Hace casi 30 años, el primo de Álvarez sacó una oposición de técnico mecánico de señales marítimas y así él se interesó por el tema. En la familia se corrió la voz de esa oposición y hoy son cinco los primos que son fareros. Curiosamente, uno de ellos era amigo de Argul y lo metió en el ajo. Ahora cubren desde aquí los distintos faros de la región, con visitas periódicas a los otros faros, en barco cuando es al faro de Isla Hormigas.

    La gente sube andando al faro porque está céntrico. Es típico comerse un caldero (el arroz marinero típico) y dar un paseo.Y alguien ha visto el negocio. De los 187 faros que hay en España, tan solo unos 40 están habitados. Y el de Cabo de Palos es probablemente el más apetecible. Otros están en un entorno inhóspito o simplemente lejos de cualquier pueblo. Los fareros no se han quedado quietos. El Ayuntamiento de Cartagena ha votado en contra y desde los vecinos a los pescadores han alzado su voz contra el hotel. Ciudadanos, que apoyó la moción en el Congreso, en Cartagena se opone.

    Adrián Ángel Viudes, hasta 2016 presidente de la Autoridad Portuaria de Cartagena, designado por el PP, tampoco ve con buenos ojos el hotel. "Un hotel no abre el faro al público, lo abre a los clientes, y ese no sería barato. Estoy de acuerdo en que se abra y se pueda visitar, pero para eso no hace falta privatizarlo. Se pueden hacer visitas guiadas y abrirlo al público sin que entorpezca la labor de los fareros. Habrá que estudiar hasta dónde se puede subir y si hay que reforzar la escalera, pero para eso no hace falta un hotel".


    Subir los más de 220 escalones en una angosta escalera de caracol deja sin resuello pero merece la pena. Las vistas desde arriba son espectaculares. La luz es visible hasta 23 millas náuticas (unos 42 kilómetros) y en días claros se puede ver hasta el de Santa Pola. Los fareros ya no tienen que subir a diario porque el faro se enciende y apaga automáticamente. Al inicio, esto fue además una escuela para los torreros. Eso era cuando los fareros eran gente instruida que a menudo llegaba a zonas muy pobres y cuyos libros de registro sirven en muchos casos para estudiar la historia de la zona.

    Los funcionarios coinciden en que se puede abrir al público sin expulsarlos, pero creen que hay otros intereses. "Tenemos la sensación de que lo público se regala a lo privado". La Autoridad Portuaria de Cartagena, de quien depende el faro y quien ingresaría el dinero de la concesión, muestra una salud económica envidiable. El pasado 30 de junio aprobó las cuentas con una cifra de negocio de 41,99 millones de euros y un beneficio de 18,27 millones, lo que según 'La Verdad' lo convierte por sexto año consecutivo en el puerto más rentable de España.

    "Probablemente seamos los últimos fareros que vivan aquí, pero por lo menos lo podríamos terminar de forma respetuosa"

    El diputado García Egea —que no ha querido contestar a las preguntas de este diario— dijo en el Congreso: "Ante las posibles críticas, debido a que el funcionamiento parlamentario no me va a permitir responder a las mismas, ya adelanto que esta proposición no pretende privatizar nada, no pretende ir contra nadie, no pretende tocar un solo ladrillo de ese emblemático edificio, de esa joya y de ese símbolo del Mar Menor y de la costa cartagenera; lo que sí pretendemos es crear un valor añadido a la reserva marina de Cabo de Palos".

    En plena temporada turística, los fareros de Cabo de Palos están recibiendo apoyo, aunque parecen saber que las condiciones con que han ejercido su profesión tienen fecha de caducidad. El cuerpo de fareros, declarado "a extinguir", fue traspasado a las autoridades portuarias en 1993, y aunque siguen en contacto no se convocan plazas desde entonces. Argul lo resume con elocuencia: "Probablemente seamos los últimos fareros que vivan aquí, pero por lo menos lo podríamos terminar de forma respetuosa. Me molesta que me quiten la casa y más, enterarme por el periódico. Nos hicimos fareros para vivir en un faro. La esencia de nuestro trabajo se destruye si vivimos en otro sitio. No me hubiese hecho farero para vivir en un pueblo, sino porque quería vivir en un sitio así, al lado del mar".
    Fuente:http://www.elconfidencial.com/espana...greso_1411474/
    "Cuando el mundo esté preparado y una nueva vida renazca, gozarán de mis actuales descubrimientos"
    (Capitán Nemo. 20.000 leguas de viaje submarino. Julio Verne)

  14. 1 usuario te da las Gracias por el Mensaje:

    perdiguera (10-jul-2017)

  15. #89
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    Predeterminado La última farera de España: 43 años salvando barcos en la Costa da Morte



    19/07/2017 18:46

    «A los niños que vienen les digo que dentro del faro hay un bicho enorme que se vuelve loco y gira y gira y lanza luz», cuenta Cristina Fernández con la mirada encendida tras las lentes y el pelo a punto de saltar. La farera sabe que los niños llegarán a casa contando que en el faro hay un bicho que gira y gira y lanza luz y que esa idea les hará regresar al monstruo. Así es como trata de despertar la fascinación por los faros. Quizá porque así lo imaginó ella.

    El día que el mar se volvió naranja en Camariñas, A Coruña, Cristina era una niña a los pies del faro de Cabo Vilán. Tras el naufragio del Banora, la marea había arrastrado 1.600 toneladas de naranjas a la Costa da Morte. Mientras los vecinos recogían los restos del naufragio, a la niña lo que se le reveló fue un destello en las alturas. Por su rapidez, por su intensidad, porque la cegó, Cristina lo llama «el flash». Aunque el faro aún no estaba encendido.

    «Nos habían llevado de excursión con el colegio y todos los niños cogían naranjas, pero a mí aquello me impresionó. Fue como una atracción: 'Aquí te trago yo'», relata en la sala de radio del mismo faro que la deslumbró, donde vive. «A partir de ahí quedó en mi cabeza y entonces me hago novia del hijo del farero. Fue más o menos a esa edad, no sé si fue el flash».

    Cristina y Antonio se hicieron novios a escondidas porque ella tenía 13 años. El trabajo de farero no era hereditario, pero pasaba de padres a hijos por una cuestión de proximidad: eran los fareros quienes antes se enteraban de las fechas para opositar, así que avisaban a sus hijos. Fue Antonio quien la avisó: «Mi padre me ha dicho que va a salir la primera oposición en la que dan cabida a las mujeres», le dijo. Aquello ocurrió en 1969 y Cristina aprobó en 1972.

    «Siempre que dicen que fui la primera farera insisto en que también había otras dos. Sólo soy una de las primeras, pero soy la última que me jubilo», le cambia la voz. «Y me niego a jubilarme».

    Cristina siempre creyó que su vocación era la medicina o la enseñanza, pero no pudo estudiar porque su padre enfermó y ella empezó a trabajar muy joven. Un día, de repente, aquella chica que tenía tres trabajos, dos como mecanógrafa y otro como maestra, llegó a casa con una noticia que sus padres no lograron entender. «Totalmente loca», decía su padre. «Ti non estás ben da cabeza», añadía su madre. «Encima vas a sacar o traballo ós homes!», exclamaba el padre. Su hija quería ser farera. Ella sabía que no la iban a dejar, pero le entusiasmaba la idea de poder «abrir camino a otras mujeres y ser pionera en algo». Antonio encontró una solución para que los padres no pudieran impedirle ser farera: le pidió matrimonio antes del examen.
    Intentó marcharse en 2010, cuando murió su marido. No puedo. Allí ha pasado todas su vida

    Cuando Cristina se fue a Madrid, su padre miraba al techo y contaba las vigas desesperado porque la hija no le llamaba para decirle lo único que estaba dispuesto a escuchar: que había aprobado. «Y mira que ahora pasar por la vergüenza de que no lo haya conseguido...», decía. Cristina por fin llamó. En ese momento su padre comenzó a sentirse orgulloso y al tiempo incluso decía: «Teño unha filla que é un torbellino! En una profesión de homes!». Lo que volvió a desconcertarle fue que su hija llamara una noche desde el faro de Trafalgar; que la hubieran dejado allí, tan sola, tan lejos.

    «Me llevaron en coche y me dejaron allí. No me dejaron comida, solo unos arenques y un trocito de pan. Era una prueba para ver cómo ibas a actuar siendo mujer, en esa encerrona. Lo que no sabían es que a mí los arenques me encantan. Cuando te introduces en una profesión que tu padre te dice que es de hombres, vas con una coraza, con otra fuerza. En realidad luego eran buenísimos, pero yo estaba preparada para batirme con ellos».

    Cristina vive desde hace 43 años donde el mar vomita. A veces la marea trae naranjas; otras, monedas, muertos, chapapote, pianos, leyendas. Cuentan que hace siglos un naufragio sumergió varios acordeones que, a expensas de los movimientos del agua, comenzaron a sonar. El mar hacía música. Otra vez, el mar arrastró tal cantidad de botes que los vecinos de un pueblo cercano corrieron a pintar todas las puertas de blanco en vísperas de la fiesta. Cuando despertaron, a la mañana siguiente, el pueblo estaba abarrotado de moscas y mosquitos. No era pintura aquello que trajo la marea. «¡Era leite condensada!», exclama Cristina entre risas. Cuenta estas anécdotas con la normalidad de quien se ha acostumbrado a vivir donde el mar asesina y regala a partes iguales.

    Los navegantes ingleses marcaban este punto costero con una cruz roja. Aquí, entre rocas, les esperaba la muerte, a menudo dispuesta a trabajar. Se cree que fueron ellos los que, por su peligrosidad, le imprimieron el nombre a Costa da Morte.

    Aunque el faro hizo fuerte a Cristina y no se considera miedosa, reconoce que hay momentos en los que el pánico se apodera de ella y sólo puede pensar en tsunamis. Cuando se ve en esa situación, piensa en los marineros.

    «Me digo: si yo me siento así en tierra firme, ellos que están ahí abajo... Al final te arriesgas un poco más de la cuenta. Vivo del faro, pero también vivo para el faro y para los marineros, que son los que nos sacan del sueño».
    Cuando pasa miedo piensa en los marineros: "Si yo me siento así en tierra, ellos ahí abajo..."

    La recomendación de Einstein. A los pies del faro, bajo una luz tamizada, el viento azota la namoradeira, una flor granate que, según cuenta la leyenda, tiene la capacidad de enamorar a cualquiera que la porte en su bolsillo sin saberlo. Cristina se enamoró del hijo del farero y del faro y del mar el mismo año. Puede que su marido le escondiera una namoradeira en el bolsillo. «Quién sabe», dice, devolviendo tras la oreja un mechón de pelo que se ha llevado el viento y con una de esas sonrisas que siempre acompañan una sutil y rápida inclinación de cabeza.

    «Venía un camión y se llevaba las piezas inservibles para chatarra, pero mi marido, que era farero e hijo de farero, nunca las ponía en el camión. Las recuperábamos y las dejábamos en una habitación que llamábamos El museo de las piezas del faro. El objetivo de mi marido era convertir Villano en un museo. Él muere y yo sigo», comenta.

    No es fácil soportar el silencio y la soledad en un lugar tan aislado. El tiempo pesa, agota y arrasa la cordura. A los fareros les queda mucho tiempo para pensar e imaginar. Einstein aconsejaba a los científicos trabajar como fareros, «para pensar sin que nadie les moleste». Pero a Cristina no le sobra la gente. Más bien al contrario: cuando empieza a hablar, quiere decir tantas cosas a la vez que le falta el aire, se acelera, las palabras se empujan unas a otras, cambia de tema sin querer, retoma el anterior y al final logra hilar los dos. Incluso cuando empieza a hablar de encaje de bolillos se interrumpe: «Espera, que verás cómo te lo relaciono con el faro».

    «Los fareros tenemos que estar aferrados a algo y a mí palillar me ayudó mucho. Cuando yo llegué al faro de prácticas tuve que aprender a tocar la gaita porque el torrero siempre nos hacía levantar tocando la gaita. Él siempre decía: en los faros hay que tener ocupación. Fue una muy buena lección. Tienen que estar ocupados, porque si no, las neuronas...».

    El paisaje se oculta tras una tenue bruma a la que se le cuelan los destellos. «Pero hace un rato estaba todo con niebla», matiza Cristina. Esta bruma, aún más espesa, es habitual aquí. Los gallegos tienen un nombre para ella que por casualidad acabaron utilizando Marina Mayoral y Manuel Rivas como topónimos de lugares -no del todo- imaginarios: brétema. Ambas estaban en Galicia.

    «El sitio no siempre es así. A veces es terrorífico. Abres una ventana, ves el oleaje y sólo se me ocurre pensar en un tsunami. Me voy para otro pabellón, veo que es el mismo mar y ya, pues me voy a otro, me enciendo la televisión, la radio, y así no escucho el viento ni los truenos, ni la lluvia ni el mar».
    Hace encaje de bolillos para soportar la soledad y enciende la tele para no oír el mar

    Cristina se acostumbró rápido a la brétema, pero protagonizó las pesadillas de sus hijos, que gritaban «que viene, que viene» como quien huye del hombre del saco. Los niños cogían una silla para llegar a los mandos, uno daba el aviso al otro cuando la niebla era inminente y el que estaba sobre la silla activaba la sirena. Lo hacían a escondidas de los mayores porque así les habían visto proceder. Era como un juego, pero no.

    «Tú eres farera y cobras por tu función, pero, ¿y la mujer del farero, que no cobraba por ello y que trabajaba cuando los días de temporal los cristales se rompían? Ellas, como los hijos, eran personas imprescindibles dentro de los faros. Por eso era condición indispensable vivir en los faros, porque los jefes sabían de la función de la mujer y los hijos».

    Cuando Cristina empezó a ejercer, los faros dependían de Fomento. En 1992 el Estado eliminó el Cuerpo de Técnicos de Señales Marítimas y, por tanto, la oposición a farero. Las opciones eran dos: seguir siendo funcionarios y pasar a ocupar un puesto en la administración, o dejar de ser funcionarios y seguir siendo fareros. Los fareros de Costa da Morte se reunieron en el puerto de A Coruña para decidir su futuro, aunque Cristina lo había elegido de antemano por todos, así que les dijo: «Nos quedamos todos».

    «Yo era la única mujer. Nací mandona. Soy así: explosiva y mandona. Pero es sin querer. Los convencí diciendo que los marineros iban a estar inseguros. Firmaron todos. Lo más bonito fue que nunca se arrepintieron, porque yo decía: 'Si se arrepienten, me escapo y me escondo'».

    Hoy Cristina trabaja en varios faros, desde Laxe hasta Finisterre. Su trabajo ha cambiado sustancialmente con los avances tecnológicos y ya no tiene que subir 250 escalones varias veces al día ni activar alarmas cada 45 minutos por si se queda dormida en las noches de niebla. Ahora tiene un móvil que le avisa de las incidencias.

    «La tecnología ha desplazado a los fareros, pero la tecnología es importante y es el futuro. Ahora el faro se apaga y se enciende solo. Aplaudo la tecnología porque ahora el móvil avisa. Canta mais tecnoloxía, mais averías, polo tanto, teñen que seguir habendo fareiros».
    Unas veces la marea le trae naranjas; otras, monedas, chapapote, muertos, leyendas...

    Que Cristina no puede alejarse del faro no es un recurso bucólico. Cuando murió su marido, en 2010, intentó marcharse. Planeó regresar a su pueblo, Camariñas, pero una fuerza superior la obligó a regresar. Era el faro. Ve el faro como si fuera un ser vivo porque no hay momento relevante en su vida que no haya ocurrido aquí. Ahora sabe que no puede irse, no sin antes prepararse. Sólo la jubilación podrá echarla y planea alargarla.

    Lleva tiempo tratando de asumir lo irremediable: que tendrá que volver a vivir en su pueblo y visitar lo que hoy considera su vida. Sus jefes suelen decir que se va a quedar aquí porque «ama al faro como a una cosa viviente». Ella asegura que tendrán que echarla; que hasta los 70 no se mueve. Y cuando lo dice se le encienden los ojos mientras muerde una goma negra como niña rebelde que acaba de hacer una trastada.

    «Éstas son difíciles y empinadas», señala mientras ascendemos por los 250 escalones. «Tenemos que ir en silencio. Aquí es condición es-pe-rar y re-cu-pe-rar-se. Aquí se juntan la tormenta, el viento y el mar. El mar es mi amor y las gaviotas ya me conocen. Si abro una ventana, está el mar; si abro otra, está el mar. Es mi amor, pero reconozco que es un asesino porque te lleva por delante».

    Cristina asciende por una estrecha escalera metálica azul que da a la linterna y advierte de que la mejor manera de olvidar el vértigo consiste en mirarse los pies. La linterna es el lugar en el que se reencuentra con el pasado.

    «A veces subo y me vienen recuerdos bonitos. Otras veces lloro. Otras siento que le toco, que su esencia está aquí. Un sinfín de sensaciones que proyecta el faro y que te ponen en el umbral de poder traspasar la puerta de lo indescriptible. Te hace pensar que lo que tú no crees que existe puede estar aquí».

    La farera ha dejado de sonreír. Con una expresión solemne evita nombrar a su marido, como si temiera pronunciar una palabra que abriera la puerta a una tormenta.

    «Se fue, pero tú no quieres que se vaya. ¿Cómo lo atrapas? Pues así. ¿Quién te responde? Posiblemente tú misma».
    Fuente: http://www.elmundo.es/papel/historia...7648b461d.html
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